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lunes, 15 de junio de 2009

Pizza, birra y faso por Brian Yule,

Cuando escuché a esa canción, después de tantos años, pensé en la casa de Kate, en  las tardes de birra y faso. Cada día colmado de esa pequeñas catástrofes de la adolescencia. El olor a marihuana y a protector solar, y tu olor, el de tu pelo, como frutillas.
Y pensé en las noches, cuando subíamos la colina de Pittington para ver las luces de los pueblos cercanos, lleno de hijos de ex-mineros, caminando por las calles tomando sidra barata. Peleándola. Y cuando me dijiste, con la mirada perdida en las pocas luces del área, que te ibas a vivir a París, que querías ser artista y amante de músicos talentosos y drogadictos y después te apoyaste la cabeza en mi hombro.
Y yo dije que sentía estos pueblos y esta tierra como una parte de mí, y vos te reíste y me dijiste que yo era  más sentimental que un borracho viejo. Y sentí tu calor y tu cercanía y pude oler el aroma de tu pelo.
Y bajamos, como siempre, a tiempo para pedir las últimas papas fritas del (Chippy, fish and chip shop) antes de que cerrara.
Hace un año más o menos, me encontré por casualidad a un viejo amigo en una parada de colectivos en la ciudad de Mendoza, y me contó que tenía dos hijos y trabajaba como profesor en la escuela primaria de Pittington. ¿Me pregunto si alguna vez subirás la colina al atardecer y pensarás en mi? A mí todavía me atrae el olor a frutillas.

lunes, 11 de mayo de 2009

Ser adolescente en los noventa por Brian Yule,


Mi adolescencia transcurrió durante los 90`s. En inglaterra. Era la época de Britpop, del nacimiento del concepto del "New Labour" y del concepto (que yo odiaba) de la "cool Britania". Una época muy optimista. Pero eso no me interesaba mucho. Cuando yo era adolescente, lo único improtante para mí era la música heavy metal, mis ídolos eran Ozzy Osbourne, Metallica y Sepeltura.
Vivía en el noreste de Ingleterra, en un área que durante el siglo XIX y la mayor parte del siglo XX fue el taller del Reino Unido. Una región muy industrializada, llena de astilleros, minas de carbón y grandes obras de ingeniería. Pero en los años ochenta, todo eso cambió. Las minas y los astilleros cerraron, había mucho desempleo, problemas con drogas y destrucción de communidades. Las primeras indicaciones del renacimiento no aperecieron hasta los últimos años de mi adolescencia.

jueves, 15 de enero de 2009

Trabajando en Francia por Jane Macfarlane

Era el año 1972, yo tenía dieciocho año y estaba en Francia con mis amigos escoceses de vacaciones en el sur. Hacía calor y todas las flores de mayo florecían y me sentía muy feliz. Terminé la escuela hace casi un año e iba a entrar a la Universidad de Dublín en octubre. Tuve al meno tres meses para trabajar antes de ir de vacaciones con mis padres en septiembre. ¿Qué hice? Dejé mis amigos al final de las vacaciones y me fui a Marsella a donde mi prima trabajaba. Ella era enfermera.

Me quedé con ella algunos días hasta que, con su ayuda, encontré un trabajo como “au pair”, niñera para una familia. Después, fui en tren hasta Lyon y luego fui en taxi hasta su casa en un pueblito que se llamaba Francheville le Haut. Todavía no hablaba muy bien francés, aunque estudié el idioma por lo menos cinco años en la escuela, y entonces fue, al principio, bastante difícil. El padre de la familia era médico, su esposa era bibliotecaria y ambos tenían cuatro hijos entre 4 y 11 años. Un varón y tres hijas. Ellos me acogieron muy bien.

Generalmente, me gusta mucha la comida francesa pero, en mi primera cena allá tuve que comer pajaritos. Muy pequeños. Afortunadamente, después de esa noche la comida fue más fácil de comer y muy sabrosa. La familia era muy simpática y los chicos se portaban bien la mayoría del tiempo. Trabajaba todos los días y ganaba $36 pesos cada semana. Entonces, con poco dinero y tiempo no hice mucho fuera de la casa. Pero la familia se portó muy bien conmigo, como si fuera una invitada. Una noche me invitaron a ver un ballet de Bela Bartok en el anfiteatro romano en Lyon. La ubicación fue hermosa, nos sentamos bajo las estrellas. También el ballet fue muy bueno y puedo recordarlo aún hoy.

La vida en este pueblito era tranquilo, una vida muy distinta de la de Paris de principio de los `70. La familia vivía en una casa que antes era un monasterio que había sido construido en la forma de un cuadrilátero. Mi familia tenía tres lados y otra familia tenía el último lado. Esa familia consistió en los padres y siete niños. El padre era pintor. Ellos tuvieron poco dinero y espacio pero me parecían felices y más relajados que mi familia y también más bohemios. Eran también muy generosos porque cuando quise comprar un cuadro, una acuarela no aceptara ningún dinero. Tengo ese cuadro todavía hoy.

martes, 30 de septiembre de 2008

No es fácil ser un chico country por Mike Gregory


Cuando era un adolescente, viví en el sur de Maryland. Yo vivía en un barrio cerca de Washington, DC. Con frecuencia jugaba tenis y lacrosse, pero a menudo yo prefería andar en bicicleta. Yo fui a la escuela, pero no me gustaba mucho porque era muy aburrido. Fui un Boy Scout, entonces siempre estaba caminando y acampando. Pero no me gustaba esta organización. Es muy mala porque es una institución que enfatiza el patriotismo y la responsabilidad. Después, yo empecé a tocar la guitarra, cuando tenía más o menos catorce. Pronto después me junté con unos amigos y formamos una banda Country que se llamó: The Buck Skins. Nosotros no éramos muy buenos porque fuimos una mal copia de Wilko y Whiskeytown.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Nacida en los ´50 por Jane Macfarlane

Los años cincuenta fue una época de mucho cambio para todos y también para mi. Habían pasado sólo cinco años después de la II Guerra Mundial, y los efectos de la Guerra fueron muy evidentes en Inglaterra aunque ganamos la Guerra contra Alemania. Había poco dinero para todos, porque la Guerra era muy costosa, no sólo por la plata sino también por la vida de la gente. Esta era una época de privación. Pero era una década de esperanza y de paz.

Era una década de esperanza también para mis padres que se casaron en 1950. Diez meses más tarde mi hermana, Rosalie, nacía. Dos años y medio más tarde mi hermana tuvo una hermana y yo nacía en el junio de 1953. Vivimos en Londres hasta 1954 cuando mi padre fue a Boston en los Estados Unidos y nosotros lo seguimos tres meses más tarde. Vivimos allí por quince meses y fue allí donde yo aprendí a caminar y a hablar con un acento norteamericano! Una de mis primeras palabras fue “cookie”!

Estados Unidos era un país más sofisticado que Inglaterra en esa época. Era un país más rico y cómodo y a mi madre le gustaba mucho por eso. No había racionamientos como en Inglaterra, era el país de la abundancia. Mi madre nos cuidaba y mi padre trabajaba en un hospital en Boston que estaba asociado con la Universidad de Harvard, como médico e investigador de cáncer de riñón.

Antes de volver a Inglaterra, nosotros viajamos de Boston a San Francisco en coche por seis semanas. No teníamos tanto dinero y entonces tuvimos que acampar algunas noches y otras noches, nos quedábamos en “los motels”. Yo llevaba pañales todavía y mi madre tenía que lavarlos cuando era posible y secarlos en las ventanas del coche flameando como las banderas en el viento.

Una noche, cuando estábamos en Lago Louise en Canadá, nos quedamos en un hotel, mis padres nos dejaron, mi hermana y yo bailar un poco en el hotel en la planta baja. Pero me desperté y después, a la una de la madrugada fui al baño. Allí, tomé el jabón y un poco de agua y me lave mi cara y después, tome una hoja de afeitar porque quise afeitarme como mi padre! En ese momento mis padres volvieron y me quitaron la hoja de afeitar justo a tiempo.

Volvieron a Inglaterra hacia finales de 1955 y luego en 1956 mi hermana y yo tuvimos un hermano, Peter. Y también en 1959 otro hermano, Ian. Era una familia grande y demasiado grande para la casa en la que vivíamos. Entonces nos mudamos a una casa más grande pero más lejos del centro de Londres. En esta casa mi padre vive todavía hoy.

miércoles, 2 de abril de 2008

Los Batles por Scott Lyman

Hay muchos grupos de los cuales tengo el recuerdo de la primera vez que los escuché. Por ejemplo, cuando escuche Led Zeppelin, tenía ocho años y pensé que el diablo estaba adentro de la radio; pero me gustaba. No recuerdo la razón porque nunca no escuché los Beatles hasta que fui mucho mayor. Pensaba que los Beatles eran tontos con canciones como “I Want to Hold Your Hand” y “Love Me Do.” Era un skateboarder joven y yo y mi gente preferíamos hip hop, punk, heavy metal y ser destructivos. De todos maneras, me acuerdo de la experiencia pura que acompaño la canción de los Beatles como uno se acuerda de la pintura que colgaba en la cocina de la casa de cuando era niño.
Ese verano después del colegio el mundo me puso en libertad como un animal del zoo al aire libre. No me importaba mucho pero estaba siempre creando, nunca durmiendo, pocas veces trabajando. Estuve viviendo con un amigo y entonces empecé a inspeccionar su depto mientras él trabajaba. Encontré muchas cosas en lugares extranos: muchos tenedores bajo su cama, la cabeza de David Bowie en su estante para libros, un farol en la cocina, y una pila de fotos de enanos en el cajon en el baño. Había una gran pila de CDs en alguna esquina del depto y decidí ir a buscar la pila. Encontré un disco de los Beatles y la primer canción que oi no fue “Love Me Do,” fue “Dear Prudence.” Cuando el bajo entró en la canción, casi tuve un infarto pero sonreí por la canción y por mi muerte posible. Nunca había escuchado una canción como esa. Pero en realidad debería decir que nunca había escuchado una canción que me hiciera sentir de esa manera. Me hizo sentir libre, y ese es el modo en que se deberia sentir. La canción me invitó a salir afuera y estar al aire libre. Fue el mismo tema que se reflejaba en mi vida ese verano. Siempre quería escuchar esa canción. La escuchaba en todos lados: afuera, en la ventana, bajo mi cama, en el coche, sobre la mesa, y en el bano. Y cuando no escuchaba el disco, tocaba la canción en mi cabeza. Me dije, necesito más de esta música. Y entonces, compré el White Album y decidí que los Beatles no serían tontos nunca más.


lunes, 31 de diciembre de 2007

Mi vida viviendo a lado de la morgue por Nicholas Lynch, por Nicholas Lynch

Era un invierno muy frío cuando yo alquilé un departamento a lado un hospital en la Boca. El departamento era pequeño con muebles viejos e interesantes. Tenía una pared azul y tres blancas. Lo más importante fue que traje mi piano. Se me hacía difícil dormir porque había mucho ruido de la calle, así que solo pudé tocar mi piano. En las noches, largas y frías yo escribía canciones para piano, preludios para piano.
Afuera, en mi ventana, escuchaba que mucha gente llegaba muerta al hospital. A veces mi habitación se llenaba con los fantasmas de los muertos y yo lo invitaba a bailar, cantar y llorar aquellas las frías noches de invierno porteño.


El Fin de Semana por Jeffrey Bowman


El viernes fui a encontrarme con mi viejo amigo, el Polaco. Conozco al Polaco desde años, casi cinco, pero conocí al tipo en Colombia. Cuando llegué a Buenos Aires este año, el Polaco me prestó su departamento porque él había vuelto a su país para la boda de su primo.
Ahora ya había vuelto a Buenos Aires. Nos encontramos en San Telmo, en un bar irlandés, que se llamó ‘Galway’ o ‘Limerick’ o algo así. A su lado, el Polaco tenía una Sueca, una vikinga alta y rubia con una mirada socialista que es muy común en los escandinavos. Cuando la vi, pensé: ‘Mmm…’. Porque el Polaco tiene una pasión, un gran amor, jamás visto, por las mujeres suecas. Yo soy lo opuesto. Odio a los suecos, a todos. Quizás esta descripción sea una exageración, pero puedo decir que ellos no me caen bien. No se porqué. Pienso que es porque los escandinavos siempre me han tratado como un idiota porque soy de Estados Unidos.
La vikinga no era una excepción a mi regla. Después de quince minutos de conversar, habíamos establecido que no seríamos amigos. No me importaba porque tenía una cerveza para chupar y no necesitaba conversar con nadie. Fingí estar cansado y un poco después, el Polaco y la vikinga me dejaron por un ratito porque querían comprar cigarrillos.
Ellos se fueron al kiosco y tuve la mesa solamente para mí y mi cerveza. Algunas mujeres me miraban por un segundo, dos segundos, tres y volvían a sus conversaciones. Nunca supe qué significan las miradas como esas. ¿Son invitaciones para conversar? ¿O son miradas que dicen: ‘no me mires, gringo’? No tengo la respuesta.
Así que tomé mi cerveza y después otra. Tomaba mi tercera cerveza cuando El Polaco volvió, esta vez sin la vikinga y me dijo, estoy enamorado. Ya sé, le dije. Ella es muy bonita, ¿no? Mmm.. le dije. Y ¿simpática?, agregó. Mmm…, le dije. ¿Sexy?, insistía.
¿Puedo tomar un cigarrillo?, le pedí. ¿No te gusta, verdad? me preguntó. Me gusta, me gusta, le mentí con cara de amistad y honestidad, ella es muy amable y simpática y probablemente fecunda. Uds. van a tener una super raza de hijos. Fuck you, me dijo el Polaco. ¿Podemos ir a otro bar? le pregunté. Sí, vamos.

Fuimos caminando a La Boca. El Polaco quiso ir al bar en donde su amigo Coster trabaja. He conocido a Coster hace muchos años también y él es un buen tipo, sudafricano, y orgulloso de ser un miembro de la mafia Africana aquí en Buenos Aires. No sé qué hace, la mafia Africana, pero no tengo dudas de que es ilegal.
Habían pasado cinco segundos cuando vimos a Coster con los otros Africanos. Estaba muy oscuro dentro del bar. No pude ver a nadie ni pude oír nada a causa de la música hiphop. Coster, uno caballero, nos ofreció un cuba libre. Pero muy libre, como gratis. Tomaba mi segundo cuba libre, cuando escuché mi nombre. Era una de las gringas de la semana atrás. Y su novio, el escritor.
El Polaco, borracho, empezó a conversar con la gringa y me dejó de hablando con el escritor.

-¿Trabajaste con tu novela hoy?- me preguntó.
-¿Qué?- le grité. Estuve casi sordo por el volumen de la música.

La tercera vez que me preguntó, entendí.
-Sí, trabaje hoy con mi novela. Pero ayer no escribí nada porque tuve que cumplir con mis otros contratos.
-Tienes que escribir todos los días, mi amigo- me dijo con una cara seria.
Go fuck yourself, Jack, pensé pero no lo dije.
-Ah, sí, es verdad,le dije. Dime, amigo, ¿cómo es el tema de tu novela?’
Me dio una mirada fría y dijo:
-Nunca hablo sobre una obra en progreso.
Quise reírme en su cara pero mi mamá me había enseñado. Mejor que no dije nada y fui al bar para pedir otro trago. De repente quise emborracharme. ¿Qué otra cosa mejor se puede hacer un viernes por la noche, estando en otra ciudad, en un bar?